4 días en Río de Janeiro (o cómo sobrevivir en un viaje cuando todo parece salir mal)

Más de una vez en un viaje las cosas no salen como uno las había planeado. A veces, estos imprevistos terminan siendo buenos y hacen que, por ejemplo, terminemos conociendo una ciudad que no teníamos pensado o nos topemos con gente de la que aprendemos algo nuevo. Pero otras, estos eventos inesperados se van sumando y hacen que todo parezca salir mal, desmoronando así los días perfectos que uno tenía pensados mientras planeaba ese viaje. Río de Janeiro fue nuestra oveja negra, donde se fueron acumulando distintas situaciones desafortunadas, haciéndonos sentir por cuatro días que estábamos meados por un elefante.

Viajamos a Río a principios de diciembre de 2016. Las playas de Brasil son un destino clásico y muy popular entre los argentinos, y nosotros, por alguna u otra razón, nunca habíamos pisado todavía el país vecino y esa era una gran deuda pendiente. Un fin de semana largo en diciembre y una oferta de Emirates para volar a Rio de Janeiro se convirtieron en la excusa perfecta para planificar nuestro primer mini viaje a Brasil. Y qué mejor que arrancar por la Cidade Maravilhosa. Encima volando por Emirates, que acababa de ganar como la mejor aerolínea del mundo ese año. Todo podía ser perfecto. Compramos con anticipación la Lonely Planet de Río, reservamos cuatro noches en el Che Lagarto de Copacabana, protector solar en la valija y 100% preparados para disfrutar.

Una serie de eventos desafortunados en Río de Janeiro

Apenas pusimos un pie en Ezeiza, nos enteramos de dos malas noticias: El vuelo estaba sobrevendido, por lo que estaban buscando “voluntarios” que decidan no abordar y tomar el siguiente vuelo –que recién salía al día siguiente-. Ah, y estaba demorado; en principio sólo por una hora, que al final terminaron siendo cuatro. Así que, en vez de llegar a las 12 de la noche como teníamos planeado, terminamos arribando bien entrada la madrugada, cansados y con mal humor.

Esto fue una simple situación de “mala suerte” comparado a lo que vivimos las primeras horas en Río. A pesar de que nos habíamos acostado tarde y con todo el cansancio junto del vuelo, nos levantamos temprano para desayunar y arrancar a disfrutar el día. Preparamos las mochilas y caminamos las cinco cuadras que nos separaban de la playa de Copacabana. Compramos una cerveza y nos sentamos en la arena a ponernos protector solar. El infierno empezó cuando vamos a guardar el protector solar y nos damos cuenta de que faltaba mi billetera (Flor). No estaba caída en la arena, no faltaba nada más, sólo la billetera. Después del shock inicial, del qué hacemos ahora, del llanto inminente, de las puteadas, empezamos a hacer memoria de que había adentro. El documento, 200 reales y… las tarjetas de crédito. Nosotros por lo general somos muy cuidadosos con ese tema y siempre las dejamos en la caja de seguridad de donde nos estemos alojando, pero con la desesperación por arrancar el día y empezar a disfrutar, nos habíamos olvidado de sacarlas. Lo que siguió después fue una carrera hacia el hostel y empezar con la ardua tarea de intentar comunicarse con Visa y Mastercard desde el extranjero para dar de baja las tarjetas. Muy tarde. Para cuando las dimos de baja, las tarjetas de crédito ya habían sido usadas, hechas m!@%# hasta donde les dio el límite, y los consumos en dólares y por cifras exorbitantes no paraban de entrar (Al final esto tuvo final feliz, tanto Visa como Mastercard dieron de baja los consumos y entre 1 y 2 meses después del mal momento ya estaba todo solucionado) 

Todo lo que siguió el resto de los días fue un intento de seguir disfrutando, de seguir pasándola bien, a pesar de que no podíamos dejar de pensar cómo íbamos a resolver este lío cuando volviéramos la semana siguiente a Buenos Aires. Pero cuando uno tiene el manto de la mala suerte rondando, no hay con qué darle. El resto de los días fueron seguidos por un Cristo Redentor totalmente nublado durante la hora que estuvimos en la cima del Corcovado (y el resto del día radiante); playas paradisíacas, agrestes y alejadas del centro de Río… con el mar totalmente crecido y sin playa; y… no, no, no, basta de mala onda. También pasaron muchas cosas buenas que hicieron que, a pesar de todo, aya valido la pena. Así fue nuestra sensación con Río, cosas malas y buenas por igual, que le dieron a este viaje un sabor agridulce, pero que también nos enseñaron que a veces las cosas pueden salir mal -aunque uno haya planeado todo perfectamente-, y a sobreponernos a estas situaciones con la mejor onda, porque… aún después del robo, estábamos por primera vez en una de las ciudades más excitantes de Latinoámerica! ¡Teníamos que aprovecharlo!

Así que para vos, que estabas esperando un post al estilo “Qué hacer en Río de Janeiro en 4 días”, le decimos Chau a la mala onda de nuestros primeros momentos en la ciudad carioca y te contamos… ¿Qué terminamos haciendo en Río de Janeiro en esos 4 días?

Playas

Aunque las playas de Río de Janeiro corren el riesgo de quedar opacadas por otros paraísos playeros cercanos (como Ilha Grande, Arraial do Cabo o Búzios); también tienen una gran ventaja: Pocas ciudades en el mundo se pueden jactar de ser grandes metrópolis y, al mismo tiempo, tener playas increíbles a pocos metros. Se convierten en el combo ideal cuando uno llega cansado y con calor de recorrer la ciudad, y el mejor plan es, simplemente, hacer unos pasos y sumergirse en el mar o tomarse un coco en la arena. Nosotros no somos grandes catadores de playas, nunca fueron nuestros destinos predilectos (¿Lo serán en otro momento?), siempre nuestra brújula va hacia las ciudades y el movimiento; por eso es que esa convivencia perfecta entre mega-ciudad y playa nos encantó.

Copacabana. Decían las abuelas “El que se quema con leche, ve una vaca y llora”. Y si, después del primer día nos quedamos con un poquito de miedo cada vez que andábamos por Copacabana.
El Pan de Azúcar desde Copacabana
Fuerte de Copacabana
Algunos precios en Copacabana. Caipirinhas, cocos y cervezas, nuestros fieles compañeros en la playa. Siempre, más barato en Copacabana. Para que comparen, los mismos cocos en Ipanema cuestan entre 5 y 6 reales!
Llegando a Ipanema. Para nosotros, una de las playas más lindas de Río.
En el Posto 9 de Ipanema está la Barraca de Uruguay, súper recomendada para hacer un parate en la playa para comer y tomar algo. Atendido por uruguayos muy buena onda, hacen sándwiches geniales y –están avisados- preparan unas caipirinhas gigantes y muuuuuy fuertes… También alquilan reposeras para la playa.
Playa de Ipanema, con el Morro dos Irmaos de fondo. Una de las imágenes características de Río de Janeiro.
Homenaje a Tom Jobin, autor de la clásica canción “Garota de Ipanema”
Arpoador. Uno de los mejores puntos playeros para ver atardeceres increíbles. Esperar el atardecer tomando una cervecita arriba de la piedra fue uno de los mejores momentos del viaje.

Además de recorrer las playas más turísticas y céntricas, el anteúltimo día quisimos aprovechar que había un sol increíble para alejarnos un poco. Habíamos leído acerca de una playa que se jactaba de ser una de las mejores Río: Praia da Joatinga. Ubicada cerca de Barra da Tijuca, se trata de una playa agreste, poco conocida por el turismo; y si bien es pública, está ubicada dentro de un barrio cerrado súper exclusivo. Nosotros tuvimos mucha mala suerte: Cuando llegamos descubrimos que el mar estaba tan crecido que no había playa. De todas maneras, no se dejen llevar por nuestra mala experiencia: Esta playa está ubicada en un entorno increíble y creemos que, si tienen tiempo, vale la pena arriesgarse (No se olviden que nosotros estábamos bajo el manto de la mala suerte en este viaje, jeje)

Praia da Joatinga… sin playa
Cómo llegar a Praia da Joatinga. Para llegar hay que tomar el bus 557 (es un BRS 3, saber esto te va a servir para encontrar la parada: Las paradas de colectivos en Río están divididas por cuadras. En una cuadra paran los BRS 1, en otra los 2, y así…) Si viajas desde Copacabana como nosotros, lo tomás sobre la Rúa Barata Ribeiro. Decile al chofer que vas a Joatinga, para que te avise donde bajar. Después de un viaje de unos 40 minutos, te va a dejar en la entrada de un barrio privado (foto) Le tenés que avisar a los guardias de seguridad que vas a la playa, y te dejan entrar sin problemas. Sólo resta empezar a caminar por dentro del barrio –siempre hacia la izquierda-, hasta que finalmente te vas a chocar con el acantilado para bajar a la playa.

Pan de Azúcar

Si estás planeando un viaje a Río, seguramente antes de partir todo el mundo te va a recomendar algo: Subir al Pan de Azúcar… al atardecer. Nosotros hoy nos sumamos a este grupo, porque las vistas que se tienen con el sol poniéndose y bañando toda la ciudad con los últimos rayos de luz, son indescriptibles.

Atardecer desde el Pan de Azúcar. Si prestan atención, allá a lo lejos se llega a ver el Cristo Redentor.
Como el Pan de Azúcar no es tan alto como el Corcovado, se pueden tener vistas increíbles aún en días nublados.

La forma clásica de subir al Pan de Azúcar es con el bondinho o teléferico. La subida está dividida en dos tramos: El primero va desde playa Vermelha hasta el Morro de Urca. En Urca se puede frenar para tomar algo y hacer fotos de las vistas increíbles que empiezan a aparecer. El segundo tramo va hasta el Pan de Azúcar. La entrada, haciendo los dos tramos en teleférico, sale 76 reales.

Antes o después de subir al Pan de Azúcar, pasar por playa Vermelha es un excelente plan 🙂

Nosotros optamos por una forma un poquito distinta para llegar hasta arriba: Haciendo el primer tramo, es decir, hasta el Morro de Urca… caminando! (y recién agarrar el teleférico en el segundo tramo) ¿Lo recomendamos? Y, hay que evaluar pros y contras. El trekking está bueno si te gusta el contacto con la naturaleza y las caminatas, y encima te va a salir más barata la entrada. Eso sí, vas a tardar casi una hora en hacer el trayecto que el teleférico hace en tres minutos, algo para tener en cuenta si venís corto de tiempo. Y si tu plan es salir divino en las fotos y poner una de perfil con el atardecer de Río, mejor subí los dos tramos en teléferico: Después del trekking y con el calor húmedo, quedamos los dos transpirados hasta el último centímetro y con las caras hechas un tomate… pero llegamos a la cima sintiendo que nos merecíamos un poquito más estar ahí que el resto, jejeje…

La forma de llegar hasta la cima del Morro de Urca es subiendo a través de la Pista Claudio Coutinho. La entrada a esta trilha está ubicada justo al lado de Playa Vermelha, y todo el camino está bien señalizado y dividido en 5 pasos, para que sepas más o menos cuanto falta para llegar. Es un trekking de dificultad fácil; nosotros lo hicimos en menos de una hora, y eso que paramos algunos minutos en el medio para descansar.
Subiendo el Morro de Urca… ¡Ya casi llegamos!
Río y el Pan de Azúcar, vistos desde el Morro de Urca. Una vez que llegamos a la cima del Urca, después de sacar muchas fotos y recuperar el aire, nos tomamos el teleférico –ahora sí- hasta el Pan de Azúcar.

Aclaración importante: Hasta hace no mucho tiempo, en la cima del Morro de Urca no había boletería. Por lo tanto si planeabas subir caminando por tu cuenta, tenías que comprar previamente abajo la entrada para el segundo tramo, porque sino una vez arriba del Urca no lo ibas a poder hacer. Confirmamos que ahora sí hay boletería en el Morro de Urca, de hecho nosotros compramos los tickets una vez arriba: Eso sí, atención que cierra a las 19 horas! Si elegís hacer sólo el segundo tramo en teléferico, la ida y vuelta te sale 40 reales.

Centro de Río, Lapa y Santa Teresa

Reconocemos que somos un poquito adictos a los free walking tours (y al igual que le habrá pasado a muchos, está adicción empezó en Europa con Sandemans!) Nos encanta arrancar a conocer una ciudad de la mano de alguien que ya la tenga clara, que nos dé un pantallazo general, que nos recomiende lugares, hacerle preguntas de primera mano… Por eso es que casi siempre aprovechamos para meternos en alguno en cada ciudad a la que llegamos por primera vez. Y Río no fue la excepción.

A partir de un folleto que agarramos en el hostel, nos sumamos a una caminata de Free Walker Tours. Con ellos hicimos toda la parte más céntrica de Río: Cinelandia, Plaza Carioca, el Palacio Imperial, le pusimos nombre a un montón de edificios que de otra forma nos hubiesen sido indiferentes (el Teatro Municipal, la Biblioteca Nacional, el Museo de Bellas Artes, etc…) y conocimos la historia de la mítica Confiteria Colombo (y probamos los verdaderos brigadeiros, una delicia de puro chocolate!)

Confitería Colombo

Además, recorrimos toda la zona de Lapa y llegamos hasta las Escaleras de Selarón, uno de los rincones que más nos gustaron de Río! Como ahí finaliza, te podés quedar dando vueltas y aprovechar para seguir caminando por uno de los barrios más lindos de la ciudad, Santa Teresa, también conocida como la Montmartre carioca, haciendo referencia al aire que tiene al clásico barrio parisino.

Arcos de Lapa
Barrio de Lapa
Llegando a las Escaleras de Selarón y las típicas casas del barrio de Santa Teresa
Escaleras de Selarón. Imposible sacar una foto sin gente!
El walking tour que hicimos es el de “Centro y Lapa”. Hay otros también, que pueden chequear en la página de Free Walker Tours. El punto de encuentro está en la Plaza Carioca y arranca todos los días –menos domingos- a las 10:30 am.

Cristo Redentor

El Cristo Redentor, una de las siete maravillas del mundo moderno, es un ícono de Río de Janeiro y unas de las visitas casi obligadas de la ciudad. El Cristo está alto, muuuuy alto, en la cima del Corcovado: Eso implica que las vistas que se tienen desde arriba son espectaculares… y que si el día está un poco nublado, es muy fácil que las nubes te tapen toda la visión.

El Cristo Redentor en un día muy nublado. De ver Río de Janeiro desde las alturas, mejor ni hablemos…

Y el clima de Río es complicado. Para nuestra semana estaban pronosticadas lluvias y tormentas todos los días… y la realidad es que, finalmente, no vimos caer ni una sola gota del cielo. Ese clima caprichoso y difícil de predecir, hace que la visita al Cristo Redentor se convierta casi en una lotería. Todo el mundo te va a recomendar: Subí al Cristo sólo si el día está despejado. Si, el problema es que en Río es muy fácil que en un instante el cielo esté tapado por nubes y unos minutos más tarde el sol raje la tierra.

Allá por el inicio del post, les contamos que en este viaje andábamos con mucha mala suerte. Dicho y hecho, en uno de los días más lindos de Río, con el cielo totalmente despejado; durante el tiempo que estuvimos en la cima del Corcovado, nubes, nubes y más nubes nos tapaban todas las vistas de la ciudad y hasta inclusive al pobre Cristo! Lo más gracioso es que, cuando ya nos resignamos y decidimos no pasar todo el día arriba esperando el milagro, bajamos y… voilá!… cielo despejado nuevamente.

Así se veía Largo do Machado apenas bajamos de la van que nos llevó hasta el Cristo. Ni una nube en el cielo. ¡Si, nos queríamos matar!
Cómo llegar al Cristo Redentor. Hay mil y un formas. Una de las clásicas es subir con el trencito, pero como habíamos leído que en temporada alta se pueden formar filas muuuy largas preferimos obviarlo. La opción que elegimos nosotros para llegar, fue tomar las vans que salen desde Largo do Machado -bien visibles apenas uno sale de la estación de metro con el mismo nombre, así que es imposible confundirse-. En diciembre de 2016, el precio era de 70 reales para los fines de semana y 57 reales el resto de los días, incluyendo el traslado en van hasta la cima del Corcovado y la entrada al Cristo. Para nosotros fueron un golazo. Se viaja cómodo, con aire acondicionado y para subir habremos esperado 10 minutos, como mucho.

Jardín Botánico

Terminamos yendo medio de casualidad en nuestro último día, lo habíamos puesto en los planes “por si quedaba tiempo”, así que se podría decir que casi, casi que no lo conocemos. Por suerte no fue así. Porque si hoy nos preguntan, les diríamos que traten de ir si o si al Jardín Botánico y conozcan este oasis en medio de la ciudad. Es gigante y por supuesto que si lo quieren recorrer en profundidad se pueden pasar el día entero acá, pero si sólo quieren despejarse un rato de la ciudad y respirar un poco de aire puro rodeados de paisajes increíbles, es una visita que tranquilamente se puede hacer en dos horas.  La entrada sale 10 reales, y es muy fácil llegar desde cualquier punto en transporte público. Nosotros, desde Copacabana, nos tomamos el bus 584 que demoró algo así como 30 minutos y te deja justo en la puerta.

El Cristo Redentor, visto desde el Jardín Botánico. Muy cerca del Jardín, se puede caminar hasta el Parque Lage, desde donde sale el trekking para subir al Corcovado. Nosotros nos quisimos hacer los deportistas y averiguamos para hacerlo, dura aprox. 2 horas y media y tiene una dificultad moderada. Al final, como habrán leído más arriba, terminamos subiendo con las vans; la aventura quedará para la próxima!

 …Y se nos acabaron los días

Nos quedó mucho por seguir recorriendo, pero sentimos que estas ganas de volver van más allá de las cosas que nos quedaron por hacer. Están más relacionadas con darle una revancha a la ciudad, una segunda oportunidad. Para poder disfrutarla como se debe y para sacarnos el sabor agridulce de la boca. Para tratar de borrar el recuerdo del robo y no relacionar a Río con eso. Queremos que cuando nos hablen de Río de Janeiro se nos venga a la mente ese atardecer desde el Pan de Azúcar, esas cervecitas tirados en Ipanema (sigo sosteniendo que la Antarctica me pareció la mejor cerveza brasilera!), esos rinconcitos y detalles que íbamos descubriendo en las Escaleras de Selarón, la gente del hostel Che Lagarto que se preocuparon por nosotros e hicieron lo imposible para darnos una mano. Queremos que cuando nos hablen de Río, relacionemos la ciudad con todas esas anécdotas que todavía sentimos que nos falta acumular; imaginando un Cristo Redentor con el cielo totalmente despejado, y soñando con no depender del tiempo y perdernos entre los paraísos playeros que tan cerca estaban y no pudimos conocer.

Río de Janeiro, queda firmada acá nuestra promesa: Hablar siempre de vos con una sonrisa y volver, volver pronto, volver para darte una segunda oportunidad.

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