La segunda vez que fui a Nueva York

La segunda vez que fui a Nueva York no subí al Empire State. Ni al Top of the Rock. Vi la Estatua de la Libertad a lo lejos, desde la costa de Manhattan. Ni me acerqué a los museos y sólo llegué hasta la entrada del Madison Square Garden.
La segunda vez que fui a Nueva York no entré al Memorial del 9/11, en cambio de eso, me senté a hablar con un neoyorkino en una escalera de algún lugar del Financial District, escuché su relato de ese día en primera persona y se me hizo un nudo en la garganta difícil de explicar.
La segunda vez que fui a Nueva York me perdí por los barrios, y caminé de punta a punta por Canal St., me imaginé viviendo en el Greenwich Village, aluciné con una tarde de primavera en el Washington Square Park (y comprobé por qué es uno de mis favoritos), saqué mil y un retratos de Chelsea y me volví adicta al aire que se respira por el SoHo… Pero también aprendí a alejarme y seguí encontrando la belleza en el Harlem, en las calles solitarias de algún lugar de Brooklyn o en la bohemia que se palpita a cada paso en Williamsburg…
La segunda vez que fui a Nueva York me indigné cuando escuché decir a alguien que el Central Park era “un parque más”. Y gasté más en entradas de Broadway que en alojamiento (y no me arrepentí ni por un instante). Y comí, comí y comí a cada paso: Probé la mejor hamburguesa de mi vida, comprobé que mis desayunos perfectos incluyen donuts, me transporté a Italia con una de las mejores pizzas que conocí, llegué hasta el lugar donde nacieron los hot-dog, probé la langosta -y dudo que vuelva a conocer otra igual-, y también entendí que es peligroso sentarse a comer en un restaurant del NoHo (puede convertirse en una de las comidas más caras de tu vida).
La segunda vez que fui a Nueva York encontré mi lugar favorito de la ciudad, un día lluvioso que nos dejamos arrastrar hasta la estación terminal y nos bajamos en una Coney Island soleada, como sacada de una película de los 80′ (con los Beach Boys como banda sonora)… Y, como pocas veces sucede, sentí que no queria estar en ningún otro lugar.
Y la segunda vez al fin logré una buena foto del Flatiron Building; y al fin encontré el mejor lugar para retratar Manhattan desde la orilla de Brooklyn.
La segunda vez que fui a Nueva York prometí que esta vez sí me alejaría un poco de la ciudad para ir, aunque sea un día, a mi gran deuda pendiente: Boston. Y no lo logré. Sigo sin caminar por el Freedom Trail, porque Nueva York me atrapa y no me deja escapar. Cuando piso esas calles no me puedo imaginar tomándome un tren para ir a otra ciudad. Siento que todavía quedan rincones por descubrir o lugares en los que perderme una y otra vez. Y sumergida en ese aire embriagante me prometo que la próxima vez si voy a conocer el Quincy Market, y voy caminar por los pasillos de Harvard, y voy tomarme un ferry a Salem; pero no hoy, no esta vez, no quiero un día menos en la mejor ciudad que conozco…
La segunda vez que fui a Nueva York le prometí, caminando por Union Square, conocerla en cada estación del año. Le confesé mi amor eterno, porque no hay otra ciudad como ella (y lo sabe).
La segunda vez que fui a Nueva York supe que iba a seguir volviendo una, y otra, y otra y mil veces más…

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